miércoles, 15 de julio de 2009

SU VIDA JUSTIFICA MI EXISTENCIA

Quiero escribir algo sobre una vieja amiga. Una mujer que ha tenido y aún tiene- una importancia decisiva en mi vida, posiblemente mucha más de la que ella misma pueda imaginar.

Hace ya bastante años, en uno de esos momentos en los que parece que la vida te abandona y te planteas muchas cosas y muchas relaciones y muchas actitudes; cuando repasas tu intrahistoria y percibes la cantidad de cosas que has dejado incompletas, de ese enorme déficit que queda en todo lo que te habías propuesto conseguir, es cuando surgen a veces personas que, ni por lo más remoto, puedes llegar a creer como van a hacerte ver todo de otra forma.

Ella es joven, una lectora empedernida que durante años ha ido cuidadosamente guardando, primero para si misma, luego para compartirlos con los demás, una serie de comentarios de los libros que iba leyendo que, dicho sea de paso, son muchos.

Pues bien, rastreando en uno de esos días sombríos en busca de algún dato que me era necesario, ya no sé para qué y, además, tampoco importa, se produjo el milagro y encontré un enlace curioso sobre Dostoievski que era, el autor sobre el que quería lograr esa dato ya olvidado.

Vi que había una pagina en la que los lectores podían hacer sus comentarios de forma totalmente libre y, asimismo, se les animaba a que fueran algo generosos al emitir su opinión. Que no le limitaran a escribir “magnifico libro” o “es lo mejor que he leído hasta ahora”, señal inequívoca de que no te has enterado de nada. Me hizo gracia esa especie de exigencia para poder participar.

Me decidí y, aún con la duda de sí pudiese interesar, mandé mi largo comentario sobre “crimen y castigo” uno de los libros que más influencia ha tenido en mi vida. No sé si para bien o para mal. Lo envié, como digo, y me olvidé del asunto sumido en mis cuitas.

Hasta que un día llegó un correo que notificaba que mi comentario se había publicado, algo que comprobé de inmediato.

Pensé por un momento cómo sería ella y dejé volar la imaginación, tanto tiempo atrofiada. La verdad es que acerté en absoluto, porque la que tenía que ser una soltera, ya algo mayor, dedicada sólo a la lectura y a clasificar fichas y fichas ordenadamente cada día, era en realidad una joven madre, animosa, trabajadora y un poco tímida que compatibilizaba (todavía lo hace) sus labores “domésticas” con su afición a la literatura.

A estas alturas alguno se preguntará ¿quién es ella? Su nombre es ahora lo de menos. Los celos hacen que lo conserve sólo para mí. Lo esencial es que desde aquel instante, cuando vi mi comentario publicado, sentí que podría hacer algo que se saliera de la rutina en la que la vida, y yo mismo, me había encerrado y que, por añadidura, me permitiera dar a algún otro parte de mis propios pensamientos, de mismo a través de las fichas que ella iba publicando paulatinamente. Y también, ¡como no!, ver satisfecho mi ego.

Si alguno conoce o recuerda la historia de Piotr Ilich Tchaikovsky y la señora Von Meck, tendrá alguna idea muy aproximada de en que se convirtió mi relación esta mujer. Jamás la he visto en persona, y ni siquiera sé si eso va a ocurrir algún día. Sólo tengo un par de fotos que me han llegado por correo.

Pero durante todos estos años se ha convertido en casi todo: amiga, confidente, ayudante, consultora, asesora y a veces una especie de novia platónica y virtual. He hablado con ella tantas veces, sin que ella lo supiera, aunque quizá lo intuya, que muchas veces me vencía el insomnio en charlas y charletas.

Para muchos será una historia vulgar e, incluso, alguno pensará en amoríos frustrados. No, no puede ser así. Eso sería volver al pasado donde ya hubo demasiadas frustraciones. Demasiada ruina, demasiados desamores.

Nunca hasta ahora he tenido oportunidad de decirle lo mucho que le debo y lo importante que es para mi, porque su vida justifica mi existencia.

3 comentarios:

  1. Pues este es un buen momento para hacerlo, D. Txema.

    (Se lo digo yo, que aunque unos años y muchísima experiencia menos que usted, sí que puedo decirle que a veces esperar, duele)

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  2. Oiga señorita, no me trate de usted. Ya sé que podría ser su padre, pero...

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