miércoles, 26 de diciembre de 2012

LA VENTANA.



                                                        Foto: Txema Ruiz

El viajero, con una cierta melancolía,  contempló el espacio exterior a través de la ventana cerrada y comprobó que,  a pesar de ser ya invierno, unas llamativas flores resistían en los geranios. Por un momento pensó que era este un esfuerzo de supervivencia extraordinario.

Al ver esas flores resistentes reflexionó sobre si merecía la pena sobrevivir a su imagen y semejanza, incluso en la mayor adversidad.

Se percató entonces de una cuestión esencial: su inmensa soledad, del vacío que lo rodeaba, de su rutina monocolor.  Nada que ver con las flores arracimadas y multicolores.

En realidad su vida,  su supervivencia diaria, era como el interior de aquella habitación oscura; una contradicción constante entre la penumbra encerrada entre esas tan conocidas  cuatro paredes y la claridad del exterior que solo veía  ocasionalmente,  casi siempre, a través de los cristales  que de alguna forma, casi seguro sin desearlo,  alteraban la realidad.

Se dió cuenta de que para él,  la cuestión de la supervivencia,  había cambiado de forma radical. Unos años atrás, no necesariamente demasiados, todavía era capaz de hacer planes para el largo tiempo; proyectos  que, necesariamente, engendraban supervivencia, una cierta forma de fe.

Ahora, ya se conformaba con ir apurando etapas cada vez más cortas, que  pese a todo,  consideraba logros merecedores de regocijo. Aún así,  no era capaz de llegar a la conclusión de si merecía la pena sobrevir,  para disfrutar aún de esos breves espacios de tiempo.

Pensar en lo qué hacer el año que viene, había dejado paso a qué hacer a la primavera que viene y,  al llegar ésta, esperar con serenidad la llegada del verano. El tiempo era cada vez más apremiante y seguramente escaso,  y los planes más condicionados.

El viajero se percató de que en su afán de supervivencia estaba cada vez más obligado a convivir solo con sus recuerdos e,  incluso llegaría el día en el que ya no quedarían ni ellos. Entonces, ¿era eso lo que llaman sobrevivir?

Se levantó lentamente y se acercó a la ventana, miró las flores con cierta empatía y pensó en la mujer que también amaba las flores. y entonces si creyó en la necesidad de sobrevivir.

6 comentarios:

  1. Más que sobrevivir yo lo llamaría envejecer.
    Yo abriría esa ventana, olería el aire, me acicalaría y saldría a buscar el objeto de mi desazón.

    Lo de la verificación de palabras, por favor, quítalo. Gracias.

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  2. ¡Ay María! que difícil es buscar el objeto de la desazón, cuando esta es interna. Pero si, abramos las ventanas y que entre el olor a limpio.

    saludos

    Mª Jesús no estoy tan seguro de si el viajero sigue buscando...

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  3. Seguro que hay una ventana en el interior que tambien se puede abrir y dejar entrar el aire fresco... feliz navidad, Txema!

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  4. Gracias Susana, me alegro mucho de verte en mi casa virtual. Y si, siempre se puede abrir una venta.

    Besos y felices fiestas

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  5. Que este viajero además de sobrevivir pueda vivir con plenitud, alegría y salud en este Nuevo año que está por comenzar.

    Muy Felices Fiestas para ti y los tuyos, TXEMA.
    Un abrazo

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