Al llegar, nuestro personaje, se despidió amablemente del maquinista y su ayudante, llamado comúnmente fogonero, y de quienes posiblemente en alguna otra ocasión, volvamos a saber algo.
Compartir con ellos el trayecto y el tiempo fue extraordinario; el viajero aprendió todo lo que pudo; escuchó todo lo que se dijo y habló sólo lo imprescindible para no parecer grosero o falto de interés.
Al bajar, encontró ante sus ojos una ciudad pequeña y ramplona; de esas que aparentan que lo tienen todo, o casi, pero carecen de lo esencial: memoria, historia y, por tanto, resultan artificiales y frías.
Lentamente, porque nuestro hombre detesta la costumbre de caminar deprisa, se adentró en un cúmulo de calles estrechas y anchas, mezcladas sin sentido, dispuestas no al azar, que aún sería en su opinión, una forma de permitir a los dioses de la fortuna intervenir, sino con absoluta falta de tacto y de respeto por los ciudadanos que, lamentablemente, van poco a poco dejando de serlo.
En estas y otras reflexiones se encontraba nuestro viajero, cuando vio un parque totalmente vacío. Se extrañó porque la hora era ya avanzada y la temperatura agradable invitaba al paseo apacible y la tertulia sosegada.
Un templete, que jamás sería utilizado para el fin que para el que supone que nació, se erguía tan excesivo como inneccesario en el centro exacto.
Se sentó en un banco junto a una farola. Estaba preocupado por los últimos acontecimientos que ha conocido.
El viajero, pese a todo, no está aislado de la realidad.
Por algún motivo extraño, y que el narrador es incapaz de averiguar, pensó entonces en Atenas y en Roma, ciudades hoy tan tristes y asoladas como ese parque. Ciudades que, aún hoy, deberían ser lugares de culto y a las que buena parte del mundo deben tanto.
Y sin embargo, arrasadas por un nuevo vendaval que procede del hielo, de la niebla, del color plomizo y gris de donde casi no hay luz, de donde todo es tiniebla.
Parece como si de nuevo hubiera surgido el espectro vengativo y terrible de Arminio, venido del norte ramplón, pero fuerte y belicoso, ignorante y brutal, pero armado de odio secular y exigiese cada día un nuevo sacrificio para su Wotan tuerto, llamado hoy mercado.
Arminio, el rubio guerrero teutón y su Gudrun , exigen sacrificios sin la más mínima piedad, convencidos de que sólo el más terrible de los castigos se puede aplicar a los indolentes: Atenas y Roma. ¡Vae Victis!
El viajero se sintió verdaderamente desolado ante la magnitud del desastre y recordó a Varo.
Entre tú y yo Sobran las palabras. Entre tú y yo Sobran las miradas. Porque tú y yo Ya no somos dos. Y tú hablas por mi Como yo miro por ti. Y cuando me amas amas por los dos Lo mismo que te amo yo. Tus ojos son mis ojos, Mi boca es tu boca Tus besos son los míos. Entre tú y yo Solo una boca, solo unos ojos Sólo una amor, sólo una vida.
Al llegar a la estación vio que la locomotora, una Baldwin de los años 30, estaba perfectamente preparada para emprender la marcha. El humo negruzco que salía por la chimenea no dejaba lugar a dudas: Los maquinistas habían hecho bien su trabajo.
Encender una locomotora es complicado, y mantenerla en orden de marcha mucho más, porque requiere un tacto y una sutileza que no todos tienen.
También observó que un número indeterminado de personas se agolpaban en el andén para subir lo más rápidamente posible a los vagones. Como si el tren fuera a arrancar sin ellos. Algunos empujones y cierto griterío que desanimaron al viajero. Notó que eran turistas.
El viajero teme ser confundido con un turista.
Nuestro personaje cree que la diferencia entre un viajero y un turista es esencial: el primero absorbe y se impregna de todo lo que ve. El segundo casi nunca, sencillamente porque ni siquiera ve.
Evidentemente, nosotros, somos meros relatores y no opinamos sobre las creencias del viajero que a alguno le pueden parecer ciertamente extravagantes.
Parece que, a nuestro viajero, le molestan las prisas innecesarias porque cree que son incompatibles con la observación y el deleite de recorrer los caminos serenamente.
Por eso, aunque sabemos que no se opone al progreso y la tecnología, el viajero no es muy partidario de la “alta velocidad”. No quiere llegar en poco tiempo si ello le resta conocimientos.
Cuando algún conocido (el viajero no es asocial) le plantea que la alta velocidad sirve muy bien para los “viajes de negocios” el viajero se sorprende porque sostiene, según lo que sabemos de él, que los viajes y los negocios son absolutamente incompatibles.
El viajero tomó entonces una decisión y, pese a que tenía su billete reglamentario, se acercó al maquinista de la vieja Baldwin y le enseñó un pequeño carné. El maquinista le ayudo a subir a la locomotora y, al poco tiempo, arrancaron.
Por lo que hemos podido saber, el viajero aprendió mucho del maquinista y observó todo lo que había que observar. Pero no sabemos qué carné le enseñó.