jueves, 13 de enero de 2011

DÍ PAPA

Hubo un tiempo, no demasiado lejano, en el que la cursileria fue elevada a la máxima categoría del ambiente cultural hispano. Era una de las divisas de aquella España ñoña y bastante ramplona que, dirigida desde los púlpitos y los cuarteles, quería ser la eterna reserva espiritual de Occidente. La música, evidentemente, no podía ser una excepción en aquel panorama.

Sería, sin embargo, injusto descalificar a todos los autores de forma global y lanzar sobre ellos el estigma de lo hortera y de la estulticia: se hicieron trabajos muy meritorias y mucho más si se tiene en cuanta las condiciones en las que se trabajaba, con una censura agobiante que no daba el más mínimo respiro..

Pero también, lógicamente en el lado contrario, y posiblemente sin mala intención y sin ni siquiera intentar medrar a costa de someterse a los dictados del poder, hubo algunos que hicieron cosas algo disparatadas y que hoy nos parecen chuscas.

La música ha tenido un gran importancia a lo largo de mi vida: ha sido una pasión, una emoción, una amiga y otras muchas cosas más que sería absurdo intentar definir. Recuerdo muy bien la primera vez que escuché la Internacional o Els Segadors. Inolvidable. Son momentos difíciles de olvidar.

También, por supuesto, hubo momentos para otras músicas, de las que se llaman, ignoro por qué, ligeras. Algunas de ellas y sus autores ya han sido rememoradas: el Dúo Dinámico, Serrat, Víctor Manuel y su inefable abuelo, Miguel Ríos y otros muchos de mejor o peor calidad.

Pero, así, de repente, me he acordado de una cancioncita muy cursi, hasta extremos casi inconcebibles, que hizo furor durante un tiempo: la cantaba un artista catalán, que aún vive y su hija Rosa Mari. Fue el mejor exponente de una época y una forma de enfocar la vida: José Guardiola, Rosa Mari y dí Papá.
 
 
 

martes, 4 de enero de 2011

EL MARINERO KOWALSKY


KOWALSKY

Es muy poco probable que Carla Kowalsky recuerde quién fue el marinero del mismo apellido. Los motivos son que es muy joven y que, posiblemente, en la República Argentina no se vieran las películas que hicieron famoso a este navegante de submarino de los Estados Unidos. Aunque esto último es una mera suposición.

El tal Kowalsky, encarnado por un actor secundario llamado Del Monroe, era uno de los tripulantes del submarino “Seaview”, que surcaba los mares del mundo mundial y cada sábado sufría una aventura verdaderamente terrible, plaga de monstruos, tipos locos, ataques furibundos de seres extraños y algún sabotaje que otro. Un submarino nuclear que había sido diseñado por un almirante que se llamaba ¡Nelson!

Eran los años 60; malos para España, atrasada en todos los aspectos, con una buena parte de la población obligada a emigrar y buscar en otros países lo que aquí se les negaba. Por cierto, me pregunto si los que hoy tanto claman contra la presencia de inmigrantes en nuestra querida patria, tan pura racialmente como demuestra la historia, se acordarán de que sus padres o tíos fueron a Alemania, Francia o Suiza y gracias a eso ellos han podido llegar a estudiar, vivir en una casa propia, tener un coche y pasar las vacaciones en la costa.

Evidentemente sólo se disponía de un canal (en blanco y negro) y en algunas provincias ni siquiera tenían ese lujo porque los repetidores eran escasos y malos. Había zonas de difícil acceso que se quedaban sin señal a la más mínima inclemencia climática, como una podía ser una tormenta o lluvia fuerte. Y entonces a rezar, porque hasta que se solucionara el problema, podían pasar horas y días.

Recuerdo que, en esas ocasiones, salía una cartel que decía que se había interrumpido la emisión “por causas ajenas a nuestra voluntad”. La verdad es que era absurdo pensar que TVE tuviera la voluntad de dejar sin emisión a los españoles.

Otros se tenían que conformar con ir a ver la TV a un bar, a la casa del vecino, o, si vivía en un pueblo con cierta prestancia, al local del sindicato vertical o al casino, si es que lo había.

Así que los televidentes de aquella época estábamos deseando que llegaran las siete de la tarde (creo que era esa la hora de inicio) en que empezaba la serie “viaje al fondo del mar”, con el marinero Kowalsky y sus camaradas dispuestos a superar todas las pruebas que les pusieran por delante.

Visto lo visto, no sé si en realidad no hubiera sido mejor seguir con las aventuras del citado marinero y no tener que aguantar la basura generalizada en que han convertido la TV. Y que se salve quien pueda. Se suponía que la oferta mejoraría con muchos canales pero parece lo contrario.

Es verdad que eran series que hoy causarían algo de risa, como pasa con “historias para no dormir”, que ahora de nuevo reponen en Canal Plus (se nota que hay poco presupuesto). Pero, dentro de su sencillez, servían para entretener, para alejarnos durante 45 minutos de los problemas, en mi caso relacionados con el dichoso colegio y las no menos dichosas notas (no siempre las mejores).

Lo cierto es que hoy casi no puedo ver nada, salvo las noticias, y no en todos los canales, y algún documental a una hora casi siempre intempestiva.

Ciertamente me acuerdo muchas veces del marinero Kowalsky.


martes, 28 de diciembre de 2010

LOS LIBROS ROJOS DE CRISOL

Hace unos días, exactamente el 18 de diciembre, comentaba con Rafael García Almazán durante una excelente comida arrocera, y delante de unas damas que lo pueden confirmar, que a estas alturas de nuestra vida ya somos un poco abuelos cebolleta, capaces de aburrir al más pintado con nuestras batallitas, con nuestros ya muy viejos recuerdos que, posiblemente, interesen a pocas personas.


Me viene esto de los recuerdos a la memoria como consecuencia de haber rememorado hace unos días, en esta navidad, la historia de mi relación con la ya desaparecida editorial Manuel Aguilar y el especial cariño que tengo a su colección Crisol.


Aunque no podría precisar la fecha con exactitud, el primer libro de esa colección que llegó a mis manos. Fue un regalo de mi padre en unos de mis cumpleaños, posiblemente el decimoquinto o decimosexto, o quizás por estas fechas festivas. El libro en cuestión fue las “almas muertas” de Nokolai V. Gogol, una obra verdaderamente extraordinaria y que conservo con sumo cuidado y cuya lectura aconsejo encarecidamente.


En ese tiempo, la editorial Aguilar tenía un sistema de pago muy curioso del que me beneficié durante bastantes años: resulta que cada mes un empleado de esa empresa venía a cobrar una pequeña cantidad previamente acordada (me parece que eran al principio unas 15 pesetas), que se iban acumulando en una especie de cuenta de ahorro. De esto hace más de cuarenta años.


Cuando querías un libro, sólo tenías que consultar el catálogo de la editorial, comprobar si la cuenta tenía suficiente dinero y comprarlo sin más. No había intereses, ni demoras, ni nada más complicado. Todo muy sencillo, sin letra pequeña.


Recuerdo perfectamente la emoción que me producía saber que tenía la cantidad suficiente para adquirir algún libro. En principio de los más asequibles y luego algunos ya más caros.


La llegada del cartero con el pequetito de cartón, atado con unas cuerdecillas que le hacían inconfundible. ¡Por fin tal o cual obra en mi poder!


Con el paso de los años, y por ser un buen cliente, ya se podía comprar algún libro incluso si el dinero no era suficiente para pagar el total de la operación. Así llegaron Dostoievski, Shakespeare, Tolstoi . Knut Hamsum y otros muchos, entre obras completas, premios Nobel, obras escogidas o de teatro, como fue el caso de Ibsen, un autor por el que siento una gran estima.


Pero recuerdo con especial cariño los libros de la colección Crisol, que tenía -y tiene- un sabor especial. Unos libros de un tamaño pequeño y muy manejables muy bien encuadernados en un color rojo y sobre los más variados temas y autores: San Juan de la Cruz, Ramón y Cajal, Balzac y el citado Gogol son los que hoy por hoy me quedan.


Creo que alguno se ha quedando en el camino, o sea en manos de alguien insensato que no lo devolvió a su dueño. Entre ellas las “confesiones” de Agustín de Hipona.


Un buen día M. Aguilar (Tuéjar, 1888 – Madrid, 1965) se subió al carro de la modernidad. Ya no hubo más empleado que fuera cada mes a cobrar su recibo, sino que directamente se vendían en las librerías y se podía pagar con la tarjeta de crédito.


Para mí fue triste ver como la obra de Manuel Aguilar, que comenzó trabajando de corrector y edificó una prestigiosa firma, se desmoronó en un mundo en el que todo se reduce a la más nauseabunda de las rentabilidades.


Quebró en 1982 con una deuda de 480 millones de pesetas, la compró el Grupo Prisa en 1986, hoy también arruinado, y poco queda del trabajo de aquel valenciano ilustre, que inició nada menos que en 1923 esta aventura, salvo alguna calle y un museo biblioteca en su pueblo natal.


Sirva este comentario cebolletil para rendir un pequeño homenaje a este trabajador de la cultura.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

UN COCIDO CON SORPRESA


Cristina y Vicente tienen un pequeño restaurante en el pueblo donde vivo. Hace unos once años que se decidieron a abrir su negocio y,  por ahora, no se quejan demasiado,  aunque,  en los dos últimos años, han sentido la tenaza agobiante de la crisis.

Uno de sus servicios esenciales es ofrecer,  a un precio sensato,  un menú diario.  La mayor parte de los clientes son, entre semana, trabajadores de la construcción.  Digo son,  y tendría que decir eran,  porque en este pueblo, como en otros muchos,  el desparrame inmobiliario se acabó y,  por consiguiente,  la creación de puestos de trabajo ha dado paso al desempleo y a la falta de clientes.

El caso es que los miércoles toca cocido y hoy es miércoles.  Así que para celebrar que este año no acabaré siendo millonario porque no me ha tocado la lotería,  me he acercado hasta su restaurante para comer una buena sopa y después los correspondientes garbanzos con sus aditamentos. No se le da mal a Vicente la cocina y el cocido está bastante bien, aunque en el de hoy no había gallina.  Será por la crisis.

Como cualquier persona medianamente civilizada me gusta acompañar la comida con vino.  Evidentemente no puedo permitirme el lujo de pedir cada día un caldo  de cierta prestancia,  que suelo elegir entre un Rioja o un Ribera aunque,  si estoy en una zona determinada de nuestro excelso país, me puedo inclinar por un vino del territorio en cuestión. 

No hago ascos a los caldos hispanos salvo muy raras excepciones (que omitiré),  aunque también caen de vez en cuando franceses y lusitanos.

Sin embargo,  en ocasiones como las de hoy, me decanto (y nunca mejor dicho) por el vino del menú, siempre y cuando sea medianamente aceptable y no un brebaje que supere lo tolerable incluso para un paladar no muy exigente. Prefiero pagar un poco más a estropear la comida. 

La sorpresa ha llegado cuando Vicente me ha traído la botella del tintorro en cuestión y he visto la etiqueta: Marqués del Tirón.  Por Júpiter que me ha llamado la atención el nombre. Un marqués que se dedica a dar tirones acuciado por las deudas, o un marqués con mucho tirón;  algo, en todo caso, extraordinario.

Pero, no han acabado ahí mis sorpresas, pues al seguir leyendo, como tengo por costumbre, los datos sobre el vino en cuestión, destinado a acompañarme durante la comida, he visto que es de Coles (Ourense), la zona de nuestra amiga María Jesús. Curiosa coincidencia o,  ¿es acaso una señal que habrá que interpretar? Emocionante otrosí.

¿Quizás sea entonces que un marques decepcionado y anónimo se tiró al pozo de la foto de los relatos,  despechado por no haber logrado enamorar a nuestra amiga?  Y de ahí lo del tirón. Quién sabe.

Rápidamente he escanciado un poco de ese tinto, de color más bien claro, pues se trata de un sencillo vino de mesa joven y, bueno, se ha dejado beber. Y la primera copa ha su salud (de nuestra amiga) ha sido dedicada.

Después he comprobado que en aquella tierra de Coles hay varias bodegas que se dedican a la venta de todo tipo de vinos, entre ellos el ya famoso Mencia que de vez en cuando me suministran mis parientes (consortes) galaicos,  junto con queso de Chantada,  empanada,  chorizos y pimientos de Herbón para alimentar a un regimiento y,  por supuesto,  todo casero.

En fin,  que el vino de Coles ha llegado a este pequeño pueblo de la Comunidad de Madrid. Que sea para bien y para disfrute del personal. Ya me encargaré de ello.

Aprovecho la ocasión para desearos a todas y todos unas felices fiestas:
Bones festes, Zorionak. Boas Festas.


sábado, 16 de octubre de 2010

CIEN AÑOS DE INÉS ROSALES

Quién le iba a decir a Inés Rosales Cabello que su iniciativa de elaborar tortas de aceite en Castilleja de la Cuesta iba a trascender en el tiempo hasta alcanzar el centenario que se cumple precisamente este año. Y, no sólo eso, sino las propias fronteras de su Andalucía natal.

La torta de aceite es un producto muy típico de Andalucía pero, posiblemente, las de Inés Rosales son las más conocidas. No en vano se habla de ellas como las “legítimas y acreditadas” sin que nadie ponga en duda tal afirmación.

Y es que el uso del aceite de oliva virgen tiene difícil sustitución. No sólo para las tortas evidentemente, sin para cualquier otro plato que necesite el “zumo” de la aceituna como parte de su elaboración.

Así que hoy que es sábado, y siguiendo el ejemplo de nuestra docta Maria Jesús, he desayunado con cierta calma, ya que el resto de la semana no puedo, y he disfrutado, con moderación, las tortas de aceite de Inés Rosales.

Pero, ¿Quién fue Inés Rosales? La verdad es que no se sabe demasiado dee ella pero a mí me produce relativa sorpresa que una mujer -andaluza- que nació en un pueblo del Aljarafe tuviera tal visión de futuro como para que su idea de hacer tortas de aceite haya alcanzado tal relevancia

Esto demuestra -una vez más- la gran cantidad de tópicos que sobre las mujeres y sobre esa comunidad se han acumulado a lo largo de los años. Aún así habrá quienes sigan pensando que allí no hay iniciativas.

Parece que la madre de una de las primeras trabajadoras de la fábrica, que era un simple horno de una panadería, le prestó 25 pesetas (un fortuna entonces) para poder iniciar el negocio en el año 1915.

Las primeras tortas, y este dato si es fidedigno se vendieron en un cruce de caminos y en una estación de tren hoy desaparecida. La propia Inés acudía con un canasto lleno de ellas, hechas a mano y una a una, para venderlas, relatan las crónicas.

Del horno inicial se pasó a otro más grande y de ahí a tener que hacer las tornas en tres, ya que la demanda era importante fuera incluso de Sevilla. Del transporte rural al tren y de ahí a los camiones y al éxito.

Pero, como tantas veces en lsa vida, Inés Rosales no tuvo mucho tiempo para disfrutas de su éxito porque con 42 años falleció en 1934.

La empresa ya sólo quizá conserva el nombre de quien fuera su fundadora y posiblemente han entrado otros tipos de gestión y la automatización. Pero, lo que si aseguro con certeza, es que las tortas son riquísimas.
 
Aunque en la foto no se aprecia, el teléfono que anuncia es el 30 porque el papel del envoltorio reproduce el original, cuando la fá brica estaba en la calle Real 102.

miércoles, 6 de octubre de 2010

LA RADIO DE DOÑA AMELIA





A pesar de que su hijo había insistido en varias ocasiones, doña Amelia siempre se había resistido a marcharse de su casa y trasladarse a vivir a la capital. Estaba convencida de que para ella sería un auténtico calvario tener que soportar los ruidos, la proximidad excesiva de los vecinos y el cambio necesario de costumbres que esto implicaría.

No, decididamente, era mucho mejor la casa solariega rodeada de recuerdos, algunos buenos y otros no tantos, pero recuerdos al fin y sólo suyos en todo caso.

Se arreglaba perfectamente con la ayuda de Mereces, la chica que dos o tres veces a la semana acudía a hacer alguna tareas que ella, ya por la edad, no podía hacer. La pulcritud y la limpieza era todavía una de sus virtudes, según ella, y de sus manías según su hijo.

Sin embargo, la soledad, era a veces una losa pesada que se hacía insorpotable. Los pensamientos, no siempre agradables, acudían entonces a su mente y angustiaban sus horas, con malos presagios.

Entonces era el mometo de encender la radio. La compañera de años y años.

Aquella tarde se había quedado traspuesta después de comer y de despedir a Mercedes que se había retrasado más de lo normal en la limpieza de los platos y vasos de la comida y casi se había marchado a la seis.


Doña Amelia escuchaba en el sopor y rutinariamente, las noticias o el parte, como seguía diciendo ella, acostumbrada a esa palabra, tantas veces oída durante la guerra civil y algunos años después.

La vieja radio seguía funcionando milagrosamente, aunque para ella era indiferente si podía sintonizar otras emisoras, porque siempre escuchaba Radio Nacional.

Sin embrego, pese a la somnolencia, no pudo evitar un sobresalto cuando oyó decir entre las noticias locales, que eran las últimas, que se había producido un suceso extraño en una aldea no muy lejana al pueblo donde ella vivía y que había un detenido sospechoso de la posible desaparición de una persona muy conocida en Galicia.

Recordó que su hijo le había comentado el día anterior que pensaba invertir parte del dinero que había ganado ese año en la compra de un pazo. Era una operación inmejorable y además, gastar el dinero en “ladrillo” era lo mejor que se podía hacer en ese momento.

Para ello tenía que visitar al dueño y ponerse de acuerdo en el precio. Si, recordaba perfectamente que ese era el nombre de la aldea, no había duda posible sobre ese punto.

Se quedó conmocionada porque no había oído toda la información completa y no sabía con exactitud que es lo que había pasado, ni tampoco quien era ese detenido.

No sabía qué hacer. No quería llamar a nadie porque no deseaba causar una alarma innecesaria a otros parientes y sobre todo, había que tener en cuenta que se podría tratar de cualquier otra cosa que no tuviera nada que ver con él.

Pese a que esa aldea no era muy grande era imposible que su hijo estuviera detenido por la desaparición de persona alguna.

Fueron no más de 30 minutos de inquietud porque, pasado ese tiempo, sonó el teléfono y escuchó la voz de su hijo que, como casi todas la tardes, salvo que tuviera algo especial que hacer, llamaba para saber qué tal estaba su madre.

Ella, un poco azorada, pero entre risas, le contó lo sucedido y su hijo le dijo que no era es día el que había quedado, sino al siguiente.

Doña Amelia, medio dormida, creyó haber escuchado en su vieja radio un suceso para el que aún faltaban algunas horas. Pero, eso, ella aún no lo sabía.

lunes, 4 de octubre de 2010




En Castilla La Mancha, como en el resto de comunidades, no se pueden hacer barbacoas al aire libre entre el uno de junio y el primero de octubre. Fue precisamente el terrible incendio que sufrió esta zona, que se llevó además 11 vidas por delante, la que propició la toma de esta medida que, en realidad, debería atenerse un poco más a otras condiciones que a la de las fechas. Pero en fin...



El caso es que hay que esperar como agua de mayo a que llegue el uno de octubre para poder disfrutar del rito del encendido de la leña, el carbón y de toda la parafernalia que lleva aparejada la preparación de chorizos, pancetas, morcillas y demás viandas que hay que preparar al gusto del consumidor.




De alguna forma es como un comienzo de curso, en el que vas conociendo a los nuevos alumnos.


El caso es que el sábado pasado pude inaugurar la primera parrillada del otoño, con buen tiempo, mejor ánimo y con resultados bastante aceptables, según comentarios de los asistentes y comensales.

Eso sí, acabé bastante cansado, porque el corte de la leña, no fue tarea sencilla, y mis riñones ya no están para muchos trotes. Menos mal que las reservas de madera durarán algún tiempo porque de otra forma no se yo como acabaría la cosa.

No falto un buen vino con el que regar la abundante comida, acompañada de salmorejo, para darle un toque andaluz que me encanta y pan de aldea que para esta ocasión es de lo mejor.

Me acordé, y mucho, de nuestra amiga Maria Jesús, que también sabe gozar de los placeres de la gastronomía como nos demuestra de vez en cuando en su blog con las estupendas fotos que nos presenta con exquisiteces varias.



Bueno, pues a ella le dedico esta entradilla, con la mejor de las intenciones y para que cunda el ejemplo culinario.