Durante muchos años Francia fue para mí como una especie de segunda patria, o casi, en muchos aspectoS, incluso la primera, y no en el sentido estúpido del futbolerismo chabacano, sino como alternativa ética y social. Una especie de puerta de entrada a otro mundo que superaba a la entonces pacata España, oprimida hasta la saciedad por una dictadura que, si en lo político era terrible, en lo cultural era oprobiosa.
Saint Jean Pied de port
A la más mínima oportunidad me escapaba a los sitios que entonces me permitían mis escasos recursos económicos: San Juan de Luz, San Juan de Pie de Puerto y otros pueblos pequeños de lo que se llama hoy Iparralde, o parte norte de Euskal Herría y que en Francia es el departamento de los Pirineos Atlánticos.
Recuerdo que, casi siempre, lo primero que solía hacer al pasar la frontera era comprar Libération, para poder conocer algunas noticias de España que no estuvieran contaminadas por el servilismo hacia el régimen. No siempre había noticias pero cuando aparecía algo era motivo de interés y casi siempre de regocijo por su mordacidad.
Me parecían aquellas escapadas, de dos o tres días, acceder a una tierra de promisión: cuidada, limpia, tranquila y, sobre todo, amable y libre. Estaba, además, deseando conocer a alguna chica francesa para que fuera mi novia, algo que, evidentemente, no logré. ¡Que cosas!
Me hacía fotos, alguna de las cuales aún conservo, en los sitios más absurdos, como en la puerta de una comisaria bajo la bandera tricolor, republicana y laica, por contraposición a la rojigualda franquista.
El caso es que Francia consiguió seducirme absolutamente y, muchos años después, ya con más posibilidades dinerarias, decidí recorrer el país de norte a sur y de este a oeste. Y me puse manos a la obra. Era un tributo a la tierra que me permitió respirar en tiempos difíciles.
Ya no fueron sólo los pequeños pueblos de los Pirineos. Mis pasos, o mejor mi coche, francés por supuesto, me llevaron a Las Landas, la Gironda, Poitou-Charentes, Normandía, Bretaña, Provenza, Borgoña, Alsacia... todos los departamentos los he recorrido con más o menos tiempo, con más o menos fortuna, pero con igual interés por conocer cómo es esa Francia que los parisienses llaman de forma muy pedante “provincias”.
Y así, fueron cayendo, Burdeos, Orleans, París, Lyon, Brest, Sant Malo, Rochefort, Le Mans, Angulema, Aviñón, Granoble, Niza, y otras muchas ciudades y pueblo.
Y, a fuer de ser sincero, creo que la Francia rural y campesina, combativa pero sensata, culta y sosegada, algo católica pero firmemente republicana, es la verdadera Francia.
Cinco años seguidos dediqué a ese menester, aprovechando vacaciones, puentes y todo el tiempo libre del que disponía. Sin duda ha merecido la pena porque, pese a que también me llevé grandes decepciones, he conocido gentes estupendas, solidarias y generosas. He visto paisajes arrebatadores, me he emocionado con los recuerdos en Normandía, con el amor en Provenza y he comido y bebido como los propios dioses.
Lo dejo aquí por hoy, pero ya contaré alguna cosa más.






