Aún recuerdo
la serena y breve
noche del estío.
Tan corta fue como tu beso,
hoy convertido en un recuerdo
en lo infinito de mi vida.
Siento todavía tus cálidas caricias
que recorrían mi espacio astral
apenas sin esfuerzo, sin prisa.
Como ligeras impresiones que aún
en mi piel madura perduran .
Detenias tus manos
en las mías, en un nudo
un lazo de amor inapelable
Suenan para siempre
tus palabras musicales
cargadas de esperanza,
cuando al oído, en la levedad de un susurro
me decían, al cerrar tras de ti la ventana,
espera mi amor, espera, hasta mañana.
Y te sueño brillante Princesa en tu trono,
resplandecer en tu corte de estrellas
Espero que me tiendas un escala
para subir y devolverte algún instante
beso, caricias y palabras
martes, 28 de junio de 2011
sábado, 28 de mayo de 2011
LA ESPERA
Que larga es la espera
Del que no tiene esperanza.
de aquel que ya nada espera
En su soñadora espera,
parece que el tiempo no pasa.
Y, parado en un instante,
no avanza, por siempre detenido
eterno y sin esperanza.
Indícame tú aquella
a quien espero
el camino de la esperanza
que yo sin ti no lo encuentro.
Del que no tiene esperanza.
de aquel que ya nada espera
En su soñadora espera,
parece que el tiempo no pasa.
Y, parado en un instante,
no avanza, por siempre detenido
eterno y sin esperanza.
Indícame tú aquella
a quien espero
el camino de la esperanza
que yo sin ti no lo encuentro.
domingo, 17 de abril de 2011
ME DUELE
Me duele en el alma
tu ansiedad y tu silencio
Preludio del miedo
y no de la prudencia
Me duele no poder liberarte
a través de la palabra
Me duele no poder quebrar
los barrotes que te oprimen
Me duele tu soledad
tan cercana a la mía
Me duele la distancia
que cada día nos separa
Me duele cada noche
que querría compartida
Me duelen tus lágrimas
que para mis ojos querría
Me duele tu tristeza
que aplasta mi existencia
Me duele quererte tanto
en soledad y silencio
sábado, 2 de abril de 2011
ATARDECER
Te querría junto a mi
en cada atardecer
cuando la noche
llama a mi ventana.
Reposar la cabeza en tu hombro
y oler la frescura de tu cuerpo
perfumado de amor y de deseo
Contarte esas pequeñas cosas
que sólo tu escuchas.
enredar mi boca en tu pelo.
amarte mas allá del infinito .
La tarde acaba,
la noche llama
será, oscura
sin amor, solitaria...
domingo, 27 de marzo de 2011
DE QUÉ ME SIRVE...
De qué me sirve ser cantor,
si mi voz permanece siempre muda
y no puedo cantar a la que amo.
Oprimido por los barrotes del silencio
en una cárcel de agonía
la palabra queda apagada y presa.
De qué mi sirven las manos
si no puedo acariciar a la que amo,
recorrer su cuerpo adorado
lentamente, poro a poro,
sentir su piel sobre mis dedos.
De qué mi sirven los ojos
si como un ciego,
no pueden ver a la que amo
y sólo tristemente la imagino
en mi desvelos cada noche.
De qué me sirve la boca
si no puede probar
el dulce sabor de sus besos
y cada día más seca y
hambrienta está de ella.
De qué me sirve la vida
si al claro de la luna
no puedo decirte que te amo.
lunes, 14 de marzo de 2011
EL HOMBRE DE LA ESTACIÓN
Como cada tarde, desde hacía muchos años, aquel a quien llamaremos “ T” (su nombre no importa) se sentó en el banco más próximo al viejo reloj de la estación, que no funciona víctima de los tableros digitales que, además informar de la llegada o salida de los trenes, anuncian la hora y hasta la temperatura. Para nosotros es el hombre de la estación.
Después de la rutinaria jornada de trabajo y apenas sin comer, “T” se sienta tranquilo, observa y espera, como todos saben.
Durante todos esos años ha visto pasar toda clase de personas y percibido multitud de escenas: lágrimas, alegrías, despedidas, enfados, carreras, besos, abrazos y alguna riña.
Pero hasta ahora, entre todas ellas, jamás la definitiva, la que esperaba, el retorno de la se fue sin decir ni siquiera adiós. Han pasado ya muchos años, muchos trenes, muchas vidas, pero, como todos saben, “T” sigue esperando.
Ha pasado tanto tiempo que ya los empleados de la estación, los compañeros de trabajo, los vecinos han dejado de murmurar sobre su comportamiento. Lo que al principio fue la comidilla y el motivo de conversación de todos, en los bares, las alcobas y en las escasas tiendas, ha dejado de tener interés.
El el tiempo también ha obrado en este caso su cruel trabajo de olvido.
Hubo una época en la que hasta los interventores, cuando aún los había, preguntaban si “T” seguía sentado en su banco, si por algún motivo creían no haberlo visto. Si, no había faltado ni un sólo día.
Ciertamente, para los poco caritativos (la mayoría) era un loco y los menos dispuestos a la burla, un excéntrico. Pero para todos era un personaje distinto, raro, solitario, taciturno, posiblemente amargado.
Como todos lo saben todo, a nadie interesó el motivo de la terquedad de sentarse en aquel banco durante años. Jamás una sola conversación, una sola palabra, una pregunta.
Entre los que han entrado y salido, durante todos esos años, nadie se ha fijado en "T", allí sentado en su banco, con algún libro entre sus manos.
Ah, si no hubiera sido por los libros, que largas se hubieran hecho las horas en aquella estación de paso, sentado en un banco que nadie más usa, no se sabe si por miedo o por respeto, o aún peor, por indiferencia, como “T”, suponía.
Nadie se ha molestado jamás en saludarlo, a veces tiene la impresión de ni siquiera está allí sentado, tal es el escaso interés que su persona causa entre los demás. Si algún niño lanza una mirada de curiosidad, inmediatamente la persona que lo acompañaba le da un tirón para que acelere el paso.
Sin embargo, todos los saben: espera que algún día vuelva la que se marchó sin decir adiós, sin una sencilla nota, una pequeña explicación por muy incoherente que fuera. Todos saben todo, por eso no han preguntado. No se pregunta sobre lo que se sabe
Lluvia, frío, calor, azul, grise, amarillo, rojizo; olores y colores diferentes, acordes con la época del año, eran también testigos, igualmente mudos de su espera.
Pero éstos son mejores compañeros porque aparen puntuales cada año, fieles a su encuentro, sin más.
Como cada tarde, llegó la hora de cerrar aquella estación de paso. Hasta la mañana siguiente, bien temprano, no recuperará su actividad, lo mismo que él tendrá que presentarse en su puesto de trabajo donde todo se limita a un buenos días y poco más. Poco hay que hablar entre los que lo saben todo.
Se levantó con su libro y, por primera vez en muchos años, un esbozo de sonrisa quedó diseñado en cara. Ya no tendrá que volver a sentarse en el banco de la estación. Pero eso sólo él lo sabe.
Después de la rutinaria jornada de trabajo y apenas sin comer, “T” se sienta tranquilo, observa y espera, como todos saben.
Durante todos esos años ha visto pasar toda clase de personas y percibido multitud de escenas: lágrimas, alegrías, despedidas, enfados, carreras, besos, abrazos y alguna riña.
Pero hasta ahora, entre todas ellas, jamás la definitiva, la que esperaba, el retorno de la se fue sin decir ni siquiera adiós. Han pasado ya muchos años, muchos trenes, muchas vidas, pero, como todos saben, “T” sigue esperando.
Ha pasado tanto tiempo que ya los empleados de la estación, los compañeros de trabajo, los vecinos han dejado de murmurar sobre su comportamiento. Lo que al principio fue la comidilla y el motivo de conversación de todos, en los bares, las alcobas y en las escasas tiendas, ha dejado de tener interés.
El el tiempo también ha obrado en este caso su cruel trabajo de olvido.
Hubo una época en la que hasta los interventores, cuando aún los había, preguntaban si “T” seguía sentado en su banco, si por algún motivo creían no haberlo visto. Si, no había faltado ni un sólo día.
Ciertamente, para los poco caritativos (la mayoría) era un loco y los menos dispuestos a la burla, un excéntrico. Pero para todos era un personaje distinto, raro, solitario, taciturno, posiblemente amargado.
Como todos lo saben todo, a nadie interesó el motivo de la terquedad de sentarse en aquel banco durante años. Jamás una sola conversación, una sola palabra, una pregunta.
Entre los que han entrado y salido, durante todos esos años, nadie se ha fijado en "T", allí sentado en su banco, con algún libro entre sus manos.
Ah, si no hubiera sido por los libros, que largas se hubieran hecho las horas en aquella estación de paso, sentado en un banco que nadie más usa, no se sabe si por miedo o por respeto, o aún peor, por indiferencia, como “T”, suponía.
Nadie se ha molestado jamás en saludarlo, a veces tiene la impresión de ni siquiera está allí sentado, tal es el escaso interés que su persona causa entre los demás. Si algún niño lanza una mirada de curiosidad, inmediatamente la persona que lo acompañaba le da un tirón para que acelere el paso.
Sin embargo, todos los saben: espera que algún día vuelva la que se marchó sin decir adiós, sin una sencilla nota, una pequeña explicación por muy incoherente que fuera. Todos saben todo, por eso no han preguntado. No se pregunta sobre lo que se sabe
Lluvia, frío, calor, azul, grise, amarillo, rojizo; olores y colores diferentes, acordes con la época del año, eran también testigos, igualmente mudos de su espera.
Pero éstos son mejores compañeros porque aparen puntuales cada año, fieles a su encuentro, sin más.
Como cada tarde, llegó la hora de cerrar aquella estación de paso. Hasta la mañana siguiente, bien temprano, no recuperará su actividad, lo mismo que él tendrá que presentarse en su puesto de trabajo donde todo se limita a un buenos días y poco más. Poco hay que hablar entre los que lo saben todo.
Se levantó con su libro y, por primera vez en muchos años, un esbozo de sonrisa quedó diseñado en cara. Ya no tendrá que volver a sentarse en el banco de la estación. Pero eso sólo él lo sabe.
sábado, 22 de enero de 2011
EL VIAJERO
El viajero estaba en verdad muy fatigado, casi al limite de sus fuerzas. El cansancio era tanto que ya ni se acordaba cuántas jornadas llevaba caminando sólo; ni siquiera era capaz de recordar cuándo había empezado su recorrido, ni desde dónde. El viajero estaba al borde de la derrota.
Sólo era capaz de rememorar que todo había empezado allí donde el frío entra en los huesos, donde la existencia de la belleza es casi una leyenda de la que algunos hablaban con dolor e incertidumbre.
Había salido para encontrarla. Sabía que estaba esperándolo en algún sitio; quizás lejano y en la más absoluta soledad. Allí donde sólo se escucha el silencio porque la belleza no es frecuente.
Pero, ahora, tan cansado y tan solo, el viajero empezaba a pensar que no existía. Que los ancianos habían tenido razón al desaconsejar su intento de buscarla porque -además- si la encuentras qué harás con ella, decían.
El viajero, estaba en sus cuitas, cuando creyó distinguir algo luminoso que interrumpía con su color la monotonía del horizonte grisáceo.
Se aprestó para acercarse con cautela ante la posibilidad de sufrir un nuevo espejismo. Rememoró con tristeza otras ocasiones en las que creyó haber llegado donde estaba ella.
Pero no, esta vez no era un espejismo. Había frente a él una especie de tabernáculo, algo indefinible, inmaculadamente blanco, sin una sola mancha, perfecto. El viajero entró.
Tardó en acostumbrar sus ojos a la luz, ahora muy brillante pero, desde el primer momento, el viajero supo que había llegado, que aquella a quien buscaba estaba allí porque esa luz y ese aroma sólo podía ser de ella.
Cuando por fin sus ojos pudieron distinguir, la vio dormida, bella, pálida, profunda. Sus labios, ligeramente abiertos, expresaban como una sonrisa de bienvenida.
Entonces, el viajero se sentó sin decir nada. Tomó agua fresca de una vasija y esperó silencioso para no despertar a la bella. Se quedó dormido. El viaje de su vida había concluido.
Sólo era capaz de rememorar que todo había empezado allí donde el frío entra en los huesos, donde la existencia de la belleza es casi una leyenda de la que algunos hablaban con dolor e incertidumbre.
Había salido para encontrarla. Sabía que estaba esperándolo en algún sitio; quizás lejano y en la más absoluta soledad. Allí donde sólo se escucha el silencio porque la belleza no es frecuente.
Pero, ahora, tan cansado y tan solo, el viajero empezaba a pensar que no existía. Que los ancianos habían tenido razón al desaconsejar su intento de buscarla porque -además- si la encuentras qué harás con ella, decían.
El viajero, estaba en sus cuitas, cuando creyó distinguir algo luminoso que interrumpía con su color la monotonía del horizonte grisáceo.
Se aprestó para acercarse con cautela ante la posibilidad de sufrir un nuevo espejismo. Rememoró con tristeza otras ocasiones en las que creyó haber llegado donde estaba ella.
Pero no, esta vez no era un espejismo. Había frente a él una especie de tabernáculo, algo indefinible, inmaculadamente blanco, sin una sola mancha, perfecto. El viajero entró.
Tardó en acostumbrar sus ojos a la luz, ahora muy brillante pero, desde el primer momento, el viajero supo que había llegado, que aquella a quien buscaba estaba allí porque esa luz y ese aroma sólo podía ser de ella.
Cuando por fin sus ojos pudieron distinguir, la vio dormida, bella, pálida, profunda. Sus labios, ligeramente abiertos, expresaban como una sonrisa de bienvenida.
Entonces, el viajero se sentó sin decir nada. Tomó agua fresca de una vasija y esperó silencioso para no despertar a la bella. Se quedó dormido. El viaje de su vida había concluido.
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