sábado, 31 de octubre de 2009
ALEGRETO
Como ya dije en mi anterior comentario, la irrupción de la TV acabó con las tardes musicales de los sábados. La novedad televisiva hizo que, por malos que fuesen los programas, y en verdad que lo eran, arrinconasen cualquier otra posibilidad de audición.
Fue tal el entusiasmo que, en muchas ocasiones, la velada se prolongaba hasta que aparecía finalmente la figura excelsa del caudillo con los acordes incomparables del himno nacional. ¡Que gozo!
Así que, sin duda posible, a la TV hay que adjudicar que mi afición por la música clásica se demorase o, quizá sería más exacto decir, durmiese en el limbo de los justos durante bastante tiempo, en torno a unos diez años.
Pero la casualidad quiso que una tarde en la que había preferido quedarme en casa tranquilo leyendo conectara la radio para, mientras leía, escuchar algo de música. Aún conservo esa costumbre. Supongo, ahora no soy capaz de recordarlo, que lo primero que escuché no era lo que estaba esperando oír.
Bien, el caso es que en el momento en que encendí el viejo aparato casi olvidado, empezaban a sonar los primeros compases del segundo movimiento de la séptima sinfonía de Beethoven, el alegreto. La verdad es que jamás he entendido porque es considerado un alegreto porque es un adagio clarísimo y además de los más dolientes.
Me quedé sorprendido por la tristeza inmensa que transmitían esas notas y permanecí sentado, atento, absorto, sin cambiar el dial para pasar a otra emisora. La emoción que me produjo es difícil de olvidar y aún hoy todavía recuerdo perfectamente la situación anímica de esos instantes. Me imagino que debió ser como una especie de aldabonazo en mi cerebro: ¡Despierta y escucha!
Evidentemente escuché con gran atención el resto de la sinfonía. No supe que era la séptima de Beethoven hasta que el locutor lo comentó una vez finalizada.
Se había producido el milagro, la música me había llegado a lo más profundo de mí ser, me había ganado para siempre, casi casualmente, por uno de esos azares que pocas veces se vuelven a repetir en la vida porque si en vez de sonar esas notas hubiera sido obra el resultado habría sido totalmente distinto. De eso estoy seguro.
Desde ese día procuré tener algún ratito de intimidad para poder oír más música. No era sencillo pues la pequeñez de la casa hacía prácticamente imposible que hubiera un espacio para poder escuchar tranquilamente, sin molestar y ser molestado.
Además, estaban los vecinos quienes parece que tenían derecho a descansar a cualquier hora del día, ya fuera invierno o verano, mañana o tarde. En fin que la cuestión musical era complicada. Pero se produjo una especie de segundo milagro, ya que, vista por mi padre mi repentina afición, decidió comprar un tocadiscos.
Este nuevo aparato ya era estereofónico con lo que el sonido era mucho mejor que en el anterior, aunque, evidentemente no quedó resuelto el problema de la falta de espacio y mucho menos el de los vecinos.
Así que las audiciones quedaban inicialmente reducidas a las mañanas de los sábados y los festivos. No era mucho pero, en todo caso, era mejor que la nada anterior.
Recuerdo perfectamente que el primer disco que mi padre me regaló. Una versión de la sexta sinfonía de Piotr Ilich Tchaikovski, con la orquesta Filarmónica de Londres, dirigida por sir Adrian Boult.
Esta sinfonía, la famosa patética, superó con creces la sensación de abatimiento que me produjo el alegreto de la séptima de Beethoven. Me impresionó de forma muy considerable y Tchaikovski pasó a ser una especie de ídolo.
En fin, recuperé algunos de los discos que habían sobrevivido al abandono en beneficio de la TV y poco a poco fui logrando una pequeña colección que me permitía escuchar otros autores y otras músicas muy distintas de los que podríamos llamar clásicos de toda la vida.
Llegaron, por supuesto, Bach, Mozart, Handel, Schubert… pero también más adelante, y con el paso de los años, Mahler, Brückner, Shostakovich, Bartok y otros muchos. Incluso algunos que en su momento me parecían inalcanzables para un mi rústico oído.
Algo más tardó en llegar la opera, donde Rigoletto, Tosca, Otelo, es decir el gran Verdi, fue el primero, al que acompañaron después otros que eran para mí absolutamente desconocidos.
Todavía hoy, ocupa la música un lugar destacado entre mis preferencias. Es verdad que compro menos discos, sobre todo porque el espacio vuelve a ser un problema y también porque no dispongo de todo el tiempo querría para escuchar con la debida concentración.
Además ya hay canales de TV que se dedican exclusivamente a la música clásica y otras, como el jazz, country, soul, que también están entre mis favoritas. Por lo tanto, al haber más oferta, se puede prescindir de la necesaria compra.
En resumen que, como dijo Nietzsche, sin la música no sería concebible el mundo.
sábado, 24 de octubre de 2009
LUSITANIA
En estos días de retiro y reflexión forzada por los virus que, insolentes, me han asaltado y postrado, sumiéndome en un estado lamentable, rodeado de pócimas que, con precisión milimétrica tenía y, aún hoy, tengo que ingerir como poco no más allá de acabada la hora tercia y también antes del final de la nona, he vuelto mis pensamientos al oeste: a esa querida tierra lusitana.
Hubiera deseado, sugerido por el fingidor Pessoa, despertar una hora después en el Rossio de Lisboa, bajo la atenta mirada de una tímida mujer que, precisamente por serlo, no necesita hablar para hacerse entender.
Esperar en las profundidades inescrutables de Regaleira, y con la mirada perdida en la playa de las manzanas la llegada del quinto imperio que anunció Bandarra, que no será militar, que no será dominador, será sólo un espíritu de civilidad que vendrá de la noble Lusitania.
Y junto al esotérico poeta, he cavilado que, con ser terrible la duda, lo es aún mucho más la ignorancia. Por eso temo enfrentarme a la muerte, porque ignoro si lo que me espera después es el conocimiento definitivo... o nada. Si hay un después, no es que lo dude, es que no lo sé.
Tal vez sea este el motivo del suicidio que acecha siempre en tierras de Portugal. El deseo de conocer nos lleva a la desobediencia de dios, que no quiere que le conozcamos y por eso no se nos presenta.
Y he sido testigo mudo de un ajuste de cuentas: el de aquel que se ha atrevido a decirle al dios del libro antiguo, que tiene que pedir perdón a los hombres. A ese dios que eligió un pueblo para esclavizarlo y castigarlo sin piedad al más mínimo desliz.
El hombre ha hablado por boca de Caín, víctima de la discriminación inútil que le convirtió en fratricida. Y Caín ha sido justo y el hombre debe estarle agradecido y enviar definitivamente al exilio a ese dios.
Y así llegará la primavera.
Nota: estas reflexiones, si es que merecen ser llamadas así, están inspiradas en diversos poemas de Fernando Pessoa y en el último libro de José Saramago.
martes, 13 de octubre de 2009
TARDES MUSICALES
Recuerdo, tendría yo unos cinco o seis años, que mi padre decía que sentía un escalofrío al escuchar la Consagración de la Primavera de Igor Stravinski, a lo que mi madre, con cierta ironía y jocosidad, le contestaba que era un poco pedante.
Sin embargo, si ella le tocaba las manos, efectivamente podía comprobar que las tenía más frías que de costumbre. Ahora, pasados casi cincuenta años, tengo la certeza de que, de alguna manera, decía la verdad, porque la música si puede transformar o producir estados de ánimo en personas medianamente sensibles. Claro que esto no pasa de ser una opinión personal y como tal hay que tomarla.
Cuento esto porque en el canal (de TV) Mezzo, tuve la oportunidad de escuchar el doce de octubre una versión excelente de la famosa Consagración, interpretada por la Filarmónica de Berlín y dirigida por Bernard Haitink. Una maravilla de interpretación.
Me vino entonces a la memoria la frase (pedante o no) de mi padre y la recordación de las tardes de los sábados de mi infancia, que están claramente vinculados a la música.
Recuerdo que tenían un tocadiscos Kolster, con la forma de un maletín, del que se levantaba la tapa superior porque allí estaba el único altavoz. Un aparato muy sencillo que era capaz, eso sí, de reproducir discos a 33, 45 y 78 revoluciones.
Así que, en ese modesto aparato y en los conciertos de Radio Nacional, se fraguó, sin yo saberlo y ni siquiera imaginarlo, mi afición a la música llamada clásica que, curiosamente y, para gran desesperación de mis progenitores, tardó bastante en aparecer.
También me acuerdo de los escasos discos que componían la colección de mis padres: las sonatas claro de luna y los adioses de Beethoven, el concierto para piano numero de tres del mismo autor, las sinfonías 39 y 40 de Mozart, un extracto de la ópera Rigoletto de Verdi, la mencionada “Sacre” (era un disco editado en Francia) y lo que era la auténtica joya de la discoteca, una versión integra del Otelo de Verdi, con la orquesta de la NBC dirigida nada menos que por Arturo Toscanini.
De todos esos discos sólo sé de uno, precisamente el Otelo verdiano, que ha pasado a mi propiedad, tras la muerte de mis padres. Del resto no sé nada más.
Lo que sí recuerdo perfectamente es la impresión, no sé si esta es la palabra más adecuada para un niño, que me producía escuchar el famoso brindis entre Yago, Casio y otros personajes de esta ópera. Aún hoy, sin llegar al escalofrío, me emociona.
De vez en cuando, algún conocido les prestaba algún disco que después, desgraciadamente, había que devolver y no se oía más en mucho tiempo. Recuerdo dos especialmente: una versión de la novena de Beethoven y una selección de Caballería Rusticana con su maravilloso intermezzo.
Desgraciadamente, el Kolster, despareció un mal día, pues hubo que venderlo. Así me lo explicó mi madre algún tiempo después, porque el dinero hacía falta para otras cosas más perentorias. Así que, musicalmente, todo quedó reducido a Radio Nacional.
De todas formas, deduzco que las dificultades económicas se debieron atenuar porque, cierto tiempo después, quizá un año, recuerdo a mi padre sentado a la mesa camilla firmando unos papeles (más tarde supe que eran letras) por la compra de un televisor de la marca Iberia y que tenía una pantalla de 24 pulgadas.
Lamentable e incompresiblemente, la música de los sábados fue perdiendo terreno paulatinamente a favor de la caja tonta que, ya entonces, apuntaba nocivos deseos de exclusividad.
Se acabaron gran parte de las audiciones de música y se terminaron las excursiones a la Plaza Mayor el en tranvía 23 para pasar la parte final de la tarde del domingo degustando brocadillos de calamares en el bar donde se podía ver el fútbol porque tenían TV.
Y, por supuesto, se acabó escuchar al malvado Yago incitando a la bebida al inocente y torpe Casio para la perdición de la resignada Desdémona ¡La cantidad de frustraciones infantiles que ha generado la TV!
Ya contaré el resto otro día...
jueves, 27 de agosto de 2009
martes, 25 de agosto de 2009
EPILOGO
Pues bien, la historia de Rafael por lo que a este blog se refiere, ha concluido.
Quiero agradeceros a todos los que habéis seguido este relato, con mayor o menor asiduidad, pero siempre con alguna frase amable, vuestra paciencia por soportar que se haya prolongado durante cuatro capítulos. Soy consciente de que ha sido un poco excesivo pero, lo contrario, hubiera sido de una lectura posiblemente insoportable por su extensión.
Matizar que conocí muy poco a mi abuelo. Que su figura adquirió para mí relevancia mucho después de su muerte, en una especie de recuperación de la memoria histórica íntima, que agrandó su persona hasta el extremo de recopilar, a través de los recuerdos de otros, una serie de datos, ya casi olvidados, sobre su vida. No ha sido sencillo, os lo aseguro.
Desde que inicié en serio este blog, hace ya algunas semanas, ha ido evolucionando de forma considerable y me ha servido para descubrir, en vosotras y en Troll, que últimamente está desaparecido lamentablemente, una calidad humana impresionante.
Con algunas, incluso he tenido la suerte de intercambiar alguna idea a través del correo, lo que ha contribuido a formarme una idea, quizá, más próxima a la realidad aunque, como bien apuntó Carmen con su habitual acierto y prudencia, citando a Pirandello, siempre construimos una idea falsa, no sólo de los demás, sino de nosotros mismos.
A quienes no ha participado, o a quien se ha incorporado recientemente, les doy las gracias de igual forma, aunque no haya podido disfrutar de sus opiniones que siempre serán bienvenidas, incluso, si son contrarias a las mías. El hecho de ser seguidores de este modesto blog ya me es suficiente.
Bien, queda sólo añadir alguna cosa más. Durante los próximos días este blog va a estar inactivo como consecuencia de mis “merecidas” vacaciones, aunque seguro que me parecerán cortas. Y después de este descanso, ya veremos que pasa.
El otoño se presenta para mí especialmente complicado, porque tengo pendientes decisiones importantes que afectarán muy en serio a mi vida laboral y a mi actividad política. Por tanto, no estoy en condiciones de asegurar cuándo se volverá a abrir “una forma de presentarse”, aunque desde luego, antes o después sucederá.
Y no quiero terminar, sin enviar un mensaje a una persona que ha adquirido una especial importancia a lo largo de este tiempo. Como esa persona sabe que es así, no voy a citarla porque sé que es un poco tímida. Solo decir que está presente cada día en mi pensamiento y tiene un lugar en un rincón de mi corazón.
Un saludo a todos.
Quiero agradeceros a todos los que habéis seguido este relato, con mayor o menor asiduidad, pero siempre con alguna frase amable, vuestra paciencia por soportar que se haya prolongado durante cuatro capítulos. Soy consciente de que ha sido un poco excesivo pero, lo contrario, hubiera sido de una lectura posiblemente insoportable por su extensión.
Matizar que conocí muy poco a mi abuelo. Que su figura adquirió para mí relevancia mucho después de su muerte, en una especie de recuperación de la memoria histórica íntima, que agrandó su persona hasta el extremo de recopilar, a través de los recuerdos de otros, una serie de datos, ya casi olvidados, sobre su vida. No ha sido sencillo, os lo aseguro.
Desde que inicié en serio este blog, hace ya algunas semanas, ha ido evolucionando de forma considerable y me ha servido para descubrir, en vosotras y en Troll, que últimamente está desaparecido lamentablemente, una calidad humana impresionante.
Con algunas, incluso he tenido la suerte de intercambiar alguna idea a través del correo, lo que ha contribuido a formarme una idea, quizá, más próxima a la realidad aunque, como bien apuntó Carmen con su habitual acierto y prudencia, citando a Pirandello, siempre construimos una idea falsa, no sólo de los demás, sino de nosotros mismos.
A quienes no ha participado, o a quien se ha incorporado recientemente, les doy las gracias de igual forma, aunque no haya podido disfrutar de sus opiniones que siempre serán bienvenidas, incluso, si son contrarias a las mías. El hecho de ser seguidores de este modesto blog ya me es suficiente.
Bien, queda sólo añadir alguna cosa más. Durante los próximos días este blog va a estar inactivo como consecuencia de mis “merecidas” vacaciones, aunque seguro que me parecerán cortas. Y después de este descanso, ya veremos que pasa.
El otoño se presenta para mí especialmente complicado, porque tengo pendientes decisiones importantes que afectarán muy en serio a mi vida laboral y a mi actividad política. Por tanto, no estoy en condiciones de asegurar cuándo se volverá a abrir “una forma de presentarse”, aunque desde luego, antes o después sucederá.
A nadie se os esconde que la situación de IU es muy delicada y estamos inmersos en pleno proceso de "refundación". El riesgo, si sale mal, es convertirse en una fuerza testimonial y creo que el esfuerzo por superar esta crisis tan aguda y seguir trabajando por los ciudadanos, merece la pena.
Por respeto a vosotros, y también a mí mismo, me parecería inadmisible escribir por escribir, para acabar degradando un blog con frivolidades. Quizá sea un presuntuoso, no lo niego, pero siempre he aplicado la norma de Tagore sobre el valor de los silencios. Que nadie vea en esto “una forma de despedirse”, porque no lo es.Y no quiero terminar, sin enviar un mensaje a una persona que ha adquirido una especial importancia a lo largo de este tiempo. Como esa persona sabe que es así, no voy a citarla porque sé que es un poco tímida. Solo decir que está presente cada día en mi pensamiento y tiene un lugar en un rincón de mi corazón.
Un saludo a todos.
sábado, 22 de agosto de 2009

En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. El Generalísimo: Franco. Burgos, 1º de abril de 1939."
El último parte de la guerra, escrito personalmente por el golpista Franco se escuchó con estremecimiento entre muchos ciudadanos madrileños. La casa donde vivían la mujer de Rafael y su hijo y su hija de 14 y 4 años respectivamente, no fue una excepción. A los pocos días iban a comprobar por sí mismos lo que significaba el final de la guerra para ellos.
Hasta ese momento, ellos tres habían vivido en un piso de la calle de Humilladero, en uno de los barios más clásicos de Madrid. La mujer enferma y sin poder moverse de la cama y los dos chicos habían sorteado hasta entonces, gracias a los vecinos, las calamidades del asedio que sufrió la capital de España.
Pocos días después de acabada la guerra, se presentó en esa finca un tipo falangista que sacó a punta de pistola a los tres. Este personaje sería después alcalde Madrid y el que informó de la muerte de Franco, su nombre: Carlos Arias Navarro.
Así pues los tres tirando de un carro donde llevaban todas sus pertenencias, se encaminaron hacia Carabanchel, donde habían oído que, por los efectos de la guerra, había muchas casas abandonadas, dada la proximidad del frente que había dejado su terrible huella en forma de destrucción casi total. Los desplazados no es un invento nuevo.
Algunas horas después, consiguen encontrar una que esta medio derruida pero que sirve, al menos, como refugio provisional. Allí pasan algunos días hasta que encuentran, dentro de esa misma zona alguna que está en mejores condiciones.
Por supuesto, nada de luz, nada de agua corriente y nada de camas. Sólo unas velas, unos colchones y el agua que se puede conseguir en una fuente próxima. Allí cada día, se concentran multitud de mujeres que, al igual que la de Rafael, o no saben nada de sus maridos, o saben que se han quedado sin ellos para siempre.
Sin embargo, pese a las condiciones tan duras, existe la solidaridad y allí se gesta el germen de algunas amistades que perdurarán a lo largo de muchos años. Nombres de heroínas anónimas.
Después de nueve meses Rafael es liberado. Se ha demostrado que no tiene pendiente delitos de sangre y que es sólo un pobre albañil al que los rojos han engañado. Se le devuelve a Madrid, con un equipaje que consiste en la ropa que lleva puesta y un kilo de naranjas. Y así llega a la ciudad.
Lo único que dijo al volver es que en aquel campo había conocido el mar. Nunca habló nada más de su estancia allí, nunca dijo nada más de esa etapa.
Rafael no era el mismo. De alguna forma el chico que se apeó un buen día en la estación del Mediodía quedó enterrado para siempre en ese campo de Valencia. Era un hombre, que a pesar de tener sólo 32 años parecía mucho mayor, era un derrotado en el sentido amplio de la palabra.
Él era consciente de que el futuro era muy sombrío; nadie querría dar trabajo a un derrotado, a un perdedor, a un rojo. Así que de nuevo vuelta a las chapuzas, a pedir favores, a trabajar horas y horas para lograr llevar algo a una casa, que ni siquiera merece ese nombre.
Las relaciones con su mujer se deterioran poco a poco, el desempleo, la miseria, el hambre y, sobre todo, el silencio, acaban por aniquilar lo poco que quedaba entre ellos después de tantos años de penalidades. Rafael empieza a dedicar más tiempo al alcohol de lo que sería deseable. Se hunde.
Finalmente se decide por agarrar una cesta y vender por las calles, caramelos y chucherías para los niños. ¿Pero qué niños van a comprar caramelos cuando no tienen ni para lo más necesario? Pasa el tiempo, crece la amargura y el silencio se vuelve insoportable.
Finalmente tiene algo de suerte porque, gracias a su tenacidad, consigue un empleo estable en una casa de comidas. Es trabajador y serio y con, el tiempo, llega a ser el responsable de todos los camareros. Pero el mal está tan dentro que esto ya sirve de muy poco.
En esa época es cuando yo le conocí, cuando tengo memoria de él. Recuerdo su seriedad, sus prolongados silencios, su preferencia por la soledad. Recuerdo su tristeza, su mirada muchas veces perdida. Poco más. Algunos años más tarde se fue también para siempre.
Nota: Este relato está basado en hechos absolutamente reales. Sólo he omitido el nombre de las personas que estuvieron vinculadas a él, porque no aportaría nada a la historia darlos a conocer. No así, en cambio, el de los políticos.
Pese a que le conocí muy poco, tengo la seguridad de que Rafael fue un buen hombre y un excelente abuelo.
martes, 18 de agosto de 2009
RAFAEL: LOS AÑOS DE LA FURIA
Rafael sabe que tiene que participar, que las indicaciones de su sindicato esta vez no puede desoírlas, que no se trata de una huelga de las muchas como las que se ha visto obligado a hacer años atrás y que a veces le han perjudicado. Es consciente de que después de todo lo que ha pasado, no puede quedarse en su casa.
Durante los cuatro años anteriores, desde que le dejamos preocupado por el intento de Sanjurjo, los acontecimientos no le han dado muchos días para las alegrías, para los momentos de descanso, para poder disfrutar por fin de la vida; esa que en 1931 él vislumbraba en aquella bandera tricolor de la Puerta del Sol. Para Rafael nada ha sido como esperaba. Ya ni siquiera tiene un recuerdo claro de aquel 14 de abril de 1931.
Ahora, tiene tres hijos, porque en 1935 ha nacido su hija, que en febrero de 1936, tiene apenas un año. Piensa en que si se queda en casa, siempre dudará de si esa actitud puede contribuir a que nada cambie. Rafael no es un hombre que entienda de política, pero sabe de la vida. Decide que tiene que votar.
Las elecciones de febrero de 1936 las gana el Frente Popular y, consiguientemente, puede formarse un gobierno que sustituya al del conservador Manuel Portela Valladares, hombre políticamente ambiguo. Con la victoria de estas candidaturas se pretende cerrar las heridas que se han ocasionado durante el denominado bienio negro. Rafael se alegra de ver a Manuel Azaña en la presidencia del Gobierno. Alguna vez le ha oído en algún mitin y le ha gustado lo que dice, lo que promete. Nuestro hombre, aún no tiene 30 años y aún es tiempo de creer. Va a ser la última vez, pero no lo sabe.
Lamentablemente Azaña sólo será presidente del gobierno hasta mayo de ese mismo año, cuando es nombrado presidente de la República. Este es uno de los mayores errores políticos de ese periodo.
El 18 de julio de 1936 es una de las jornadas más trágicas de la historia reciente de España. Ese día que, durante tantos años fue festivo, empezó uno de los episodios más sangrientos de nuestra vida como país. Rafael no va a ser ajeno a los acontecimientos. Más bien al contrario, va a tener un protagonismo indeseado.
Rápidamente su sindicato le moviliza para defender la legalidad republicana e impedir que el golpe de estado triunfe en Madrid. Finalmente se reduce a los sublevados y en la capital de España empieza entonces uno de los periodos más negros de su convivencia. Rafael ha estado en el Cuartel de la Montaña y no podrá olvidarlo. La ferocidad desatada amedrenta su alma de campesino andaluz. No entiende y no quiere entender nada.
Rafael es destinado con otros compañeros de su sindicato a impedir, dentro de sus posibilidades, que se produzcan esos actos vandálicos. No es un hombre especialmente religioso, sus participaciones en la Semana Santa de su ya lejano y casi olvidado Iznajar eran más bien fruto de la tradición que de la fe.
Pero recuerda haber visto personas que considera gente de bien, con esa fe que él no tiene, personas devotas que jamás han hecho mal a nadie y, por eso, da un paso a la hora de defender lo que cree que el se debe defender. No es un trabajo fácil, el furor, el odio contenido durante tantos y tantos años de injusticia, son mucho más fuertes que la voluntad de cinco pobres sindicalistas aunque alguno de ellos esté armado.
Sin embargo, a veces el poder de su palabra, es mucho más convincente que todos los uniformes y las insignias que lleva y mal que bien, consigue salvar más de una vida y más de un cuadro y a veces una simple imagen a la que tiene que proteger con su propio cuerpo. Son horas amargas y de desolación para Rafael. Su mujer recuerda haberle visto llorar por primera vez.
Los meses pasan y la situación se complica cada día más. No se trata de una intentona como en 1932. Los enemigos de la República reciben esta vez importante ayuda del exterior. Más que importante, decisiva. Rafael ve por las calles de Madrid gentes extrañas que hablan en un idioma que él no entiende en absoluto pero, de nuevo, su instinto le dice que han venido en su ayuda, y se alegra de poder compartir con ellos lo poco, cada vez menos, que va quedado en Madrid. Le dicen que son rusos. Desde entonces tendrá, el resto de sus días, un especial aprecio por ese pueblo.
La guerra está a final de 1938 irremediablemente perdida y ya son pocos los que lo dudan. Nuestro héroe pierde mucho más, pues su segundo hijo, de seis años, muere a causa de una difteria. Él lo sabrá bastante después porque, en ese momento, está ya en el frente, en tierras de Valencia, donde finalmente tiene que afrontar la humillante derrota.
Rafael es conducido de inmediato a un campo de concentración.
Continuará
Durante los cuatro años anteriores, desde que le dejamos preocupado por el intento de Sanjurjo, los acontecimientos no le han dado muchos días para las alegrías, para los momentos de descanso, para poder disfrutar por fin de la vida; esa que en 1931 él vislumbraba en aquella bandera tricolor de la Puerta del Sol. Para Rafael nada ha sido como esperaba. Ya ni siquiera tiene un recuerdo claro de aquel 14 de abril de 1931.
Ahora, tiene tres hijos, porque en 1935 ha nacido su hija, que en febrero de 1936, tiene apenas un año. Piensa en que si se queda en casa, siempre dudará de si esa actitud puede contribuir a que nada cambie. Rafael no es un hombre que entienda de política, pero sabe de la vida. Decide que tiene que votar.
Las elecciones de febrero de 1936 las gana el Frente Popular y, consiguientemente, puede formarse un gobierno que sustituya al del conservador Manuel Portela Valladares, hombre políticamente ambiguo. Con la victoria de estas candidaturas se pretende cerrar las heridas que se han ocasionado durante el denominado bienio negro. Rafael se alegra de ver a Manuel Azaña en la presidencia del Gobierno. Alguna vez le ha oído en algún mitin y le ha gustado lo que dice, lo que promete. Nuestro hombre, aún no tiene 30 años y aún es tiempo de creer. Va a ser la última vez, pero no lo sabe.
Lamentablemente Azaña sólo será presidente del gobierno hasta mayo de ese mismo año, cuando es nombrado presidente de la República. Este es uno de los mayores errores políticos de ese periodo.
El 18 de julio de 1936 es una de las jornadas más trágicas de la historia reciente de España. Ese día que, durante tantos años fue festivo, empezó uno de los episodios más sangrientos de nuestra vida como país. Rafael no va a ser ajeno a los acontecimientos. Más bien al contrario, va a tener un protagonismo indeseado.
Rápidamente su sindicato le moviliza para defender la legalidad republicana e impedir que el golpe de estado triunfe en Madrid. Finalmente se reduce a los sublevados y en la capital de España empieza entonces uno de los periodos más negros de su convivencia. Rafael ha estado en el Cuartel de la Montaña y no podrá olvidarlo. La ferocidad desatada amedrenta su alma de campesino andaluz. No entiende y no quiere entender nada.
Rafael es destinado con otros compañeros de su sindicato a impedir, dentro de sus posibilidades, que se produzcan esos actos vandálicos. No es un hombre especialmente religioso, sus participaciones en la Semana Santa de su ya lejano y casi olvidado Iznajar eran más bien fruto de la tradición que de la fe.
Pero recuerda haber visto personas que considera gente de bien, con esa fe que él no tiene, personas devotas que jamás han hecho mal a nadie y, por eso, da un paso a la hora de defender lo que cree que el se debe defender. No es un trabajo fácil, el furor, el odio contenido durante tantos y tantos años de injusticia, son mucho más fuertes que la voluntad de cinco pobres sindicalistas aunque alguno de ellos esté armado.
Sin embargo, a veces el poder de su palabra, es mucho más convincente que todos los uniformes y las insignias que lleva y mal que bien, consigue salvar más de una vida y más de un cuadro y a veces una simple imagen a la que tiene que proteger con su propio cuerpo. Son horas amargas y de desolación para Rafael. Su mujer recuerda haberle visto llorar por primera vez.
Los meses pasan y la situación se complica cada día más. No se trata de una intentona como en 1932. Los enemigos de la República reciben esta vez importante ayuda del exterior. Más que importante, decisiva. Rafael ve por las calles de Madrid gentes extrañas que hablan en un idioma que él no entiende en absoluto pero, de nuevo, su instinto le dice que han venido en su ayuda, y se alegra de poder compartir con ellos lo poco, cada vez menos, que va quedado en Madrid. Le dicen que son rusos. Desde entonces tendrá, el resto de sus días, un especial aprecio por ese pueblo.
La guerra está a final de 1938 irremediablemente perdida y ya son pocos los que lo dudan. Nuestro héroe pierde mucho más, pues su segundo hijo, de seis años, muere a causa de una difteria. Él lo sabrá bastante después porque, en ese momento, está ya en el frente, en tierras de Valencia, donde finalmente tiene que afrontar la humillante derrota.
Rafael es conducido de inmediato a un campo de concentración.
Continuará
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
