domingo, 17 de abril de 2011

ME DUELE



Me duele en el alma
tu ansiedad y tu silencio

Preludio del miedo
y no de la prudencia

Me duele no poder liberarte
a través de la palabra

Me duele no poder quebrar
los barrotes que te oprimen

Me duele tu soledad
tan cercana a la mía

Me duele la distancia
que cada día nos separa

Me duele cada noche
que querría compartida

Me duelen tus lágrimas
que para mis ojos querría

Me duele tu tristeza
que aplasta mi existencia

Me duele quererte tanto
en soledad y silencio

sábado, 2 de abril de 2011

ATARDECER



Te querría junto a mi



                                               en cada atardecer


                                               cuando la noche


                                               llama a mi ventana.






                                                Reposar la cabeza en tu hombro

                                                 y oler la frescura de tu cuerpo


                                                  perfumado de amor y de deseo






                                                   Contarte esas pequeñas cosas


                                                   que sólo tu escuchas.






                                                     enredar mi boca en tu pelo.






                                                     amarte mas allá del infinito .
 
 
                                                    La tarde acaba,
 
                                                    la noche llama
 
                                                   será, oscura
 
                                                   sin amor,  solitaria...

domingo, 27 de marzo de 2011

DE QUÉ ME SIRVE...

De qué me sirve ser cantor,

si mi voz permanece siempre muda

y no puedo cantar a la que amo.



Oprimido por los barrotes del silencio

en una cárcel de agonía

la palabra queda apagada y presa.



De qué mi sirven las manos

si no puedo acariciar a la que amo,

recorrer su cuerpo adorado

lentamente, poro a poro,

sentir su piel sobre mis dedos.



De qué mi sirven los ojos

si como un ciego,

no pueden ver a la que amo

y sólo tristemente la imagino

en mi desvelos cada noche.


De qué me sirve la boca

si no puede probar

el dulce sabor de sus besos

y cada día más seca y

hambrienta está de ella.

De qué me sirve la vida

si al claro de la luna

no puedo decirte que te amo.






lunes, 14 de marzo de 2011

EL HOMBRE DE LA ESTACIÓN

Como cada tarde, desde hacía muchos años,  aquel a quien llamaremos “ T” (su nombre no importa)  se sentó en el banco más próximo al viejo reloj de la estación,  que no funciona víctima de los tableros digitales que, además informar de la llegada o salida de los trenes, anuncian la hora y hasta la temperatura. Para nosotros es el hombre de la estación.


Después de la rutinaria jornada de trabajo y apenas sin comer, “T” se sienta tranquilo,  observa y espera, como todos saben.

Durante todos esos años ha visto pasar toda clase de personas y percibido multitud de escenas: lágrimas, alegrías, despedidas, enfados, carreras, besos, abrazos y alguna riña.

Pero hasta ahora,  entre todas ellas, jamás la definitiva,  la que  esperaba, el retorno de la se fue sin decir ni siquiera adiós. Han pasado ya muchos años, muchos trenes, muchas vidas, pero, como todos saben,  “T” sigue esperando.

Ha pasado tanto tiempo que ya los empleados de la estación, los compañeros de trabajo, los vecinos han dejado de murmurar sobre su comportamiento. Lo que al principio fue la comidilla y el motivo de conversación de todos,  en los bares, las alcobas y en las escasas tiendas,  ha dejado de tener interés.

El el tiempo también ha obrado en este caso su cruel trabajo de olvido.

Hubo una época en la que hasta los interventores, cuando aún los había,  preguntaban si  “T”  seguía sentado en su banco, si por algún motivo creían no haberlo visto.  Si,  no había faltado ni un sólo día.

Ciertamente,  para los poco caritativos (la mayoría) era un loco y los menos dispuestos a la burla,  un excéntrico. Pero para todos era un personaje distinto, raro, solitario, taciturno, posiblemente amargado.

Como todos lo saben todo,  a nadie interesó el motivo de la terquedad de sentarse en aquel banco durante años. Jamás una sola conversación, una sola palabra, una pregunta.

Entre los que han entrado y salido, durante todos esos años, nadie se ha fijado en "T",  allí sentado en su banco,  con algún libro entre sus manos.

 Ah, si no hubiera sido por los libros, que largas se hubieran hecho las horas en aquella estación de paso, sentado en un banco que nadie más usa, no se sabe si por miedo o por respeto, o aún peor,  por indiferencia, como “T”, suponía.

Nadie se ha molestado jamás en saludarlo, a veces tiene la impresión de ni siquiera está allí sentado, tal es el escaso interés que su persona causa entre los demás. Si algún niño lanza una mirada de curiosidad,  inmediatamente la persona que lo acompañaba le da un tirón para que acelere el paso.

Sin embargo, todos los saben: espera que algún día vuelva la que se marchó sin decir adiós, sin una sencilla nota, una pequeña explicación por muy incoherente que fuera. Todos saben todo, por eso no han preguntado. No se pregunta sobre lo que se sabe

Lluvia, frío, calor, azul, grise, amarillo, rojizo; olores y colores  diferentes,  acordes con la época del año, eran también testigos, igualmente mudos de su espera.

Pero éstos son mejores compañeros porque aparen puntuales cada año, fieles a su encuentro, sin más.

Como cada tarde, llegó la hora de cerrar aquella estación de paso. Hasta la mañana siguiente, bien temprano, no recuperará su actividad, lo mismo que él tendrá que presentarse en su puesto de trabajo donde todo se limita a un buenos días y poco más. Poco hay que hablar entre los que lo saben todo.

Se levantó con su libro y,  por primera vez en muchos años, un esbozo de sonrisa quedó diseñado en cara. Ya no tendrá que volver a sentarse en el banco de la estación. Pero eso sólo él lo sabe. 

sábado, 22 de enero de 2011

EL VIAJERO

El viajero estaba en verdad muy fatigado, casi al limite de sus fuerzas. El cansancio era tanto que ya ni se acordaba cuántas jornadas llevaba caminando sólo; ni siquiera era capaz de recordar cuándo había empezado su recorrido, ni desde dónde. El viajero estaba al borde de la derrota.

Sólo era capaz de rememorar que todo había empezado allí donde el frío entra en los huesos, donde la existencia de la belleza es casi una leyenda de la que algunos hablaban con dolor e incertidumbre.

Había salido para encontrarla. Sabía que estaba esperándolo en algún sitio; quizás lejano y en la más absoluta soledad. Allí donde sólo se escucha el silencio porque la belleza no es frecuente.

Pero,  ahora,  tan cansado y tan solo,  el viajero empezaba a pensar que no existía. Que los ancianos habían tenido razón al desaconsejar su intento de buscarla porque -además- si la encuentras qué harás con ella,  decían.

El viajero, estaba en sus cuitas, cuando creyó distinguir algo luminoso que interrumpía con su color la monotonía del horizonte grisáceo.

Se aprestó para acercarse con cautela ante la posibilidad de sufrir un nuevo espejismo. Rememoró con tristeza otras ocasiones en las que creyó haber llegado donde estaba ella.

Pero no,  esta vez no era un espejismo. Había frente a él una especie de tabernáculo, algo indefinible, inmaculadamente blanco, sin una sola mancha, perfecto. El viajero entró.

Tardó en acostumbrar sus ojos a la luz, ahora muy brillante pero, desde el primer momento,  el viajero supo que había llegado, que aquella a quien buscaba estaba allí porque esa luz y ese aroma sólo podía ser de ella.

Cuando por fin sus ojos pudieron distinguir, la vio dormida, bella, pálida, profunda. Sus labios, ligeramente abiertos,  expresaban como una sonrisa de bienvenida.

Entonces, el viajero se sentó sin decir nada. Tomó agua fresca de una vasija y esperó silencioso para no despertar a la bella. Se quedó dormido. El viaje de su vida había concluido.

martes, 18 de enero de 2011

PARLEZ-MOI D'AMOUR

Esta entrada va a ser muy breve. Podría incluso prescindir perfectamente de las palabras que,  muy probablemente, sobran.

Basta con escuchar, basta con leer.  



                       Mon bel amour, mon cher amour ma déchirure

                  Je te porte dans moi comme un oiseau blessé.
                 Et ceux-là sans savoir nous regardent passer.
                 Répétant après moi les mots que j'ai tressés.
                Et qui pour tes grands yeux tout aussitôt moururent.
                Il n'y a pas d'amour heureux.
 
                                                             ------
 
                 Il n'y a pas d'amour qui ne soit à douleur.

                Il n'y a pas d'amour dont on ne soit meurtri.
               Il n'y a pas d'amour dont on ne soit flétri.
              Et pas plus que de toi l'amour de la patrie.
              Il n'y a pas d'amour qui ne vive de pleurs.
             Il n'y a pas d'amour heureux.
             Mais c'est notre amour à tous les deux.


Louis Aragon





domingo, 16 de enero de 2011

PLOP, PLOP, PLOP

Algunos sonidos, pese a que no lo son en sentido estricto, recuerdan a la música celestial. Tienen unos efectos evocadores que, o bien nos hacen rememorar momentos agradables,  o bien nos preparan para disfrutar de instantes que se suponen ciertamente inmejorables. 


Nuestra joven y bella Menda dice que soy un sibarita. Bueno, sin llegar a tanto, he de reconocer que me gusta la buena comida y, aún más, acompañarla de un buen vino. Esto ya lo he contado más veces,  así que no voy a insistir. Pero no sólo eso; creo que comer debe traspasar el mero hecho necesario para el sustento diario, o para el desarrollo físico. Comer es un arte y, como tal, debe ir acompañado convenientemente de un cierto ritual. Lo otro es engullir.

De la misma forma que un buen cuadro tiene,  al menos así lo creo,  que tener un marco adecuado, no concibo una comida apetitosa y placentera que no tenga sus aditamentos y adornos. ¿Sibaritismo? Puede ser...

Pero me estoy desviando del tema.  Así que voy al grano.

Hace un par de semanas, para celebrar que hemos sobrevivido a los fastos de Navidad y Año nuevo, organicé para familiares cercanos una celebración sabrosona: unos judiones de La Granja (Segovia) con sus insustituibles sacramentos.

Y aquí es donde entra el maravilloso plop, plop, plop, que no es otra cosa que esa,  casi imperceptible sinfonía,  que durante horas interpretan esas maravillosas legumbres al hervir en su correspondiente puchero de barro. Dos elementos tan sencillos nos deleitan,  si nos acercamos con buena intención y respeto, el oído. ¡ Sensacional melodía!

Los preparé en la lumbre de leña, cuestión que no tiene más misterio pero que si requiere bastante paciencia porque hay que estar muy pendiente de que el fuego sea siempre regular y,  sobre todo,  no se apague porque echaría a perder el hervor y con ello el producto final.


El plop, plop, plop se convierte así en una especie de preludio o de obertura magnífica de un concierto en que la alubia es elevada a la categoría de concertina,  mientras que el el tocino,  la morcilla y los chorizos establecen un diálogo con ella en un melodioso en tono mayor y  "sostenuto".

En fin,  que a la hora, de acudir a la sala de conciertos,  es decir al cenobio, ya estaban allí preparados los escuchantes, dispuestos a terminar con los judiones, regados con un buen Rioja y , para mi satisfacción como director de esa orquesta efímera,  aseguro que prácticamente nada quedó en la olla, como pueden comprobar en la foto.  Magnífico alegro con fuoco como movimiento final.